miércoles, 3 de mayo de 2017

Su primer beso (proesía)

Ella caminaba calle abajo, balanceando levemente las caderas en cada paso que avanzaba por Ayrfield Grove, una tranquila calle en un barrio residencial a las afueras de Dublín. Andaba deprisa, pero sin llegar a correr, de camino a la estación de trenes, aceleró el paso al llegar al final de la calle, si no iba un poco más rápido perdería el tren, y lo que menos le apetecía era tener que ir caminando hasta el centro de la ciudad, o lo que era peor, tener que esperar a que pasara el siguiente tren.
Llegó a la estación tan solo dos minutos antes que su tren, y como tenía el bono semanal, no tuvo que esperar las largas colas que había para sacar el billete. Después de pasar las barreras de la estación se  sentó en un sencillo banco de hormigón de los muchos que había en el andén, pero se levantó inmediatamente, era veinticuatro de diciembre, y como es de suponer, la superficie estaba helada y no le apetecía enfriarse el trasero.
Mientras esperaba, se fijó en la estación, pasaba por ella dos veces al día todos los días de la semana, pero nunca se había fijado demasiado porque solía ir con prisa. Tampoco había mucho que ver: un andén de unos treinta metros y no mucho más ancho que una parada de autobús, las vías, y un sencillo puente con las barreras de chapa que servía para cruzar por encima de la vía al andén del otro lado. Se fijó por primera vez en que todos esos detalles, así como en las plantas que asomaban por encima de los muros de la estación, se asemejaban al escenario de inicio de uno de sus videojuegos favoritos. Se pasaba la mayor parte de sus tardes jugando con diferentes consolas, y había llegado a desmontar unas cuantas, e incluso a fabricarse una sencilla con piezas recicladas, pese a ello era una chica delgada, con la espalda recta, rubia, pechos proporcionados, pero con las caderas demasiado anchas para su gusto, lo que no le impedía llevar pantalones ajustados con bastante frecuencia. De cara era guapa: piel blanca, labios carnosos y rojos, el puente de la nariz, del que se sentía orgullosa por ser uno de los pocos rasgos físicos que había heredado de su padre, recto, y los ojos claros, entre azul y verde. Calzaba todos los días los mismos playeros de la talla treinta y seis, ya desgastados por el paso de los años. Los había rescatado de una de las cajas llenas con las pertenencias de su hermano, que su madre había llevado tres años atrás a la casa de caridad, tras haber fallecido en un accidente de tráfico cuyas razones no habían quedado demasiado claras.
Se subió al vagón más cercano, que estaba abarrotado, así que le tocó ir de pie, sosteniéndose contra los cuerpos de los demás pasajeros, que se encontraban en su misma situación.
Durante el viaje, nadie se fijó en ella, en realidad, nadie se fijaba en sus compañeros de viaje sino que iban pensando cada uno en sus propios asuntos, excepto un viejo pintor que volvía a casa después de un largo día de trabajo, que admiró su sencilla forma de vestir: a parte de sus inseparables zapatillas, llevaba unos pantalones vaqueros de color oscuro y sin roturas, una camiseta de algún videojuego de estilo “arcade”, y una cazadora de cuero a la que le subió la cremallera cuando, en la quinta estación se dió la vuelta para bajar del tren, dejando a la vista un símbolo de “The Legend of Zelda” grabado en la parte posterior de la chaqueta. El viejo hombre sí reconoció este símbolo, porque su hijo de doce años se lo había enseñado Pese a que probablemente no la volvería a ver, se le quedó grabada la forma perfecta del cuerpo de la joven alejándose por el andén, y se prometió a sí mismo tratar de retratarla en algún momento.


Mientras Rebecca cruzaba las barreras para salir de la estación pensó en la persona con la que se había citado: Jean era el chico más guapo de todo el curso y, probablemente, de la escuela de arte donde ambos estudiaban segundo de bachillerato. En clase de dibujo artístico les habían agrupado por parejas para redactar un estudio sobre colores acrílicos, y le había tocado hacer el trabajo con esa estatua de Miguel Ángel que había cobrado vida, con buenas calificaciones, y siempre con la sonrisa con la que ahora le esperaba apoyado en la barandilla del puente donde habían quedado en encontrarse. Iba ataviado con unos vaqueros holgados, playeros de marca, camiseta de manga corta pese a encontrarse a tres grados, y gorra de un color chillón entre rojo y fuxia para intentar aplastar algún rizo rebelde de su pelo castaño oscuro.
Rebecca no se lo podía creer, ella, la persona más asocial de la ciudad, iba a ser la primera de clase en saber dónde vivía el alumno más admirado y solicitado de la escuela, aunque tan solo fuera para estudiar.
De camino a su casa, el joven iba parloteando alegremente algo sobre el último partido de cricket, en el que había ganado su equipo, sin embargo Rebecca, que no veía el momento de llegar a su destino y descolgarse la mochila que le estaba destrozando los hombros, no le estaba prestando demasiada atención, hasta que una frase de Jean la sacó de su ensimismamiento. —¿Sabes que eres preciosa?— Preguntó mientras la cogía de la mano entrelazando los dedos de forma romántica. Rebecca no supo que contestar, y aunque ni siquiera dio muestras de haberse enterado, su corazón se aceleró hasta que pensó que se le iba a escapar por la boca. Al notar la falta de reacción por parte de su acompañante, Jean se quedó callado un momento, y en el incómodo silencio que prosiguió, pensó que no debería haberle dicho nada. Lo que hizo reaccionar a Rebecca, fué el ademán del chico de retirar la mano, a lo que respondió agarrándola con más fuerza. —¿Sabes que tú también?— contestó mientras se acercaba un poco más a Jean, olvidándose por completo del peso de la mochila. Esta reacción retardada, sorprendió ligeramente al chico, aunque se recompuso inmediatamente y soltó su mano para agarrarla por las caderas y girar su cuerpo hasta que la pudo mirar de frente con la boca escasos centímetros de su cara. La miró un instante a los ojos a modo de advertencia, pero solo aguantó unas milésimas de segundo, y sin poder contenerse unió sus labios a la boca roja y perfecta de la chica, disfrutando cada milímetro cuadrado de contacto entre sus pieles, agarrándola del pelo mientras giraba la lengua por esa deliciosa boca ajena.
De repente el claxon de un vehículo les sobresaltó, sacándolos a ambos de su ensimismamiento. No se habían dado cuenta de que se habían detenido en medio de la carretera, y hacía bastante rato que el semáforo de los peatones se había puesto rojo, como si le avergonzase la actitud infantil de los dos enamorados que descubrían por primera vez el sabor de un beso y de un contacto tan íntimo. Con un leve sentimiento de humillación mitigado por estar todavía flotando a kilómetros del suelo los dos juntos, terminaron de cruzar corriendo hasta la acera de enfrente.

jueves, 27 de abril de 2017

Princesa de mis sueños(proesía)

Princesa de mis sueños,
escucha:
¿Oyes mis latidos?
No, ¿verdad?
A lo lejos te veía caminar moviendo las caderas y pisando el suelo con cuidado mientras lo modelas con las plantas de tus pies descalzos. Sabes que es tuyo y por eso lo haces, es tuyo por decisión propia tomada casi inconscientemente por cada grano de arena, cada piedra y cada brizna de hierba en el momento en el que acarician tu piel, cuando te acercas y sienten tu presencia, cuando los sobrevuelas, porque estás por encima de todas esas cosas vulgares y materiales. Desaparecías y volvías a hacerte visible cada vez que un árbol se interponía entre tú y mi mirada, o una cascada, o un edificio de la más bella ciudad que hayas podido imaginar. Sincronizado con esas apariciones y desvanecimientos va el brillo de mi corazón, sin embargo, después de seguirte tantos años aguantando tu rechazo infantil, inocente e inconsciente, mi corazón dejó de brillar como una bombilla que pende de un hilo en el centro de una habitación que un día fué de lujo para recibirte. pero ahora tiene las ventanas tapiadas, las paredes desnudas, la puerta chirría y esa bombilla está rota.
Por eso, princesa desaparecida, ya no oyes el latir de mi corazón, porque el interior de un muerto no palpita.

martes, 17 de enero de 2017

Destrucción

Tus pasos todavía resuenan en casa.
Aún oigo el eco de tus pisadas,
a lo largo del pasillo oscuro,
tres metros de parquet,
que se me hacen eternos
cuando los atravieso en llamas,
frío por esa lluvia torrencial de lágrimas.
Esa tormenta que desencadenaste con tu partida,
destruyéndome.

Me desnudaste,
me olvidaste solo en una habitación llena de juguetes polvorientos,
y volver a verte fué el golpe de gracia
desencadenante de una reacción en cadena:
pusistes en marcha este dominó,
ahora caído.

Pero por encima del dolor debo decirte que he sobrevivido,
que cuando todo haya ardido
y solo queden cenizas,
quedaré yo.
Recordándote.

Recuerda:
muchas veces,
el dolor no es físico,
y el mejor calmante
es un
abrazo.

domingo, 19 de junio de 2016

Desarrollé una aplicación!!

Acabo de publicar una aplicación para ubuntu, os la dejo aquí para que podáis descargarla y probarla.
Agradecería que alguna persona con ubuntu la descargase para convertirse en tester y que diera ideas para seguir desarrollándola. A ver si subo algo de poesía y los tutoriales de cómo hice esta app:)
Por supuesto, si no tienes ubuntu, (y aunque lo tengas) puedes compartir, que tal vez alguno de tus amigos tiene un amigo que tiene un amigo... que tiene ubuntu y me puede ayudar:P


jueves, 19 de mayo de 2016

Paula

Salgo a la calle.
El humo de los coches me tapa la visión del cielo de Madrid. Es un día bonito, lo se sin necesidad de verlo, pero tengo demasiada prisa para pararme a disfrutar esta belleza que me rodea. Voy a ver a Paula. Tengo prisa. Mientras, pienso quién es: una chica perfecta, delgada, pero no demasiado, pelo largo y rizado, de un pelirrojo vivo, que te altera al mirarla, como una piedra al ensuciar el agua de un estanque con sus ondas, una sonrisa alegre, provocativa, que puede destruir ciudades, unas manos suaves, como una princesa de cuento, pero sobre todo me fascinan sus ojos verdes, una misteriosa mirada que da miedo, pero a la vez te pide un beso.


La vi por primera vez hace tan solo dos semanas, me sirvió un café en un bar cerca de La Cibeles. Estaba solo, relajandome. A través de la ventana se veía gente pasar, niños jugando, ancianos disfrutando de su merecida jubilación, y muchas chicas guapas. Esto lo recuerdo, porque me di cuenta de que ninguna podría igualar jamás a esa pelirroja. Acabé el café y me fui.


Era como una niña que aún no comprende el poder que posee, miraba el mundo a través de sus Ray-Ban rosas, derritiendolo con su mirada. Cuando paseábamos por la Gran Vía, se colgaba de mi hombro y corría arrastrándome de escaparate en escaparate, a través de la multitud, enamorandome y divirtiéndose.


La segunda vez fué en el Starbuck, esta vez, los dos eramos clientes. Cuando llegó, estaba todo lleno, y cuando pasó a mi lado le hice una señal con la mano, indicándole que se podía sentar. No dijo nada, pero me dedicó una sonrisa de agradecimiento, que me iluminó ese día de lluvia.


Solo hablábamos de tonterías, del tiempo, los amigos, a veces de nosotros, nos queríamos mucho. Me acariciaba el pelo, y me dejaba abrazarla mientras se sentaba en mi regazo para ver la tele. Se acercaba a mí todo lo que podía cuando veíamos una película de miedo o amor.


La tercera vez que nos vimos, en el retiro, nos besamos. Sabía a relax. ¿A qué sabe el relax?


Casi he llegado. Cruzo la calle Serrano corriendo. Algunos coches me pitan, pero los ignoro. Subo los escalones del edificio, cruzo la puerta de la clínica privada. Llego a una habitación blanca. Ella está pálida en una cama con sábanas de lino. Pasan treinta segundos. Empieza a sonar un pitido agudo y constante. Paula. Los médicos entran corriendo y me sacan a empujones de la habitación mientras tapan a Paula.


Tres tiros en el pecho.


Su ex.

¿A qué sabe la muerte?

Mi niño

Llegamos a casa. Mamá se ha quitado los zapatos y se va al baño para lavarse las manos. Siempre dice que si no nos lavamos las manos, podemos ponernos malitos, y nos dolería mucho la barriga. Miguel me golpea en la espalda y sale corriendo hacia la habitación que compartimos mientras grita:—¡El último pone la mesa!—. Me acerco al salón, a ver si papá ha llegado, pero no. Hace tres días, mamá nos dijo que se había curado,y le habían dejado salir del hospital, pero que había salido de viaje para recuperarse durante un tiempo. Mamá nos dijo a Miguel y a mi, que volvería pronto. Yo le odio, no se lo he dicho a mamá, pero le odio por no despedirse antes de salir de viaje. Últimamente mamá anda vestida de negro, porque dice que así tiene menos frío, y le lloran los ojos. Dice que es la alergia. Yo creo que en realidad también está triste porque papá no se despidiera de nosotros. Después de mirar en el salón, corro a la habitación. Ya es tarde, Miguel ha llegado antes, así que me toca poner la mesa. Decido no lavarme las manos. Así me pondré malito y mañana no iré al exámen. Pongo los cubiertos y me voy a jugar con los LEGO mientras mamá prepara la comida.


Mamá no come, dice que no tiene hambre, que ya comerá luego. A nosotros nos sirve unas patatas cocidas, y una salchicha. Ayer vi que estaba caducada y se lo dije, pero me contestó que solo era el consumo preferente, y que se podía comer. Que sólo lo ponen para que la gente tire la comida, y compren más. No hay postre. Mamá dice que es porque tienen demasiados aditivos que no son sanos.


Mamá nos habla de clase, dice algo así como que en tercero de primaria ya somos lo suficientemente “mayorcitos” como para que la profesora tenga que mandar cartas a casa diciendo que no trabajamos lo suficiente. Mientras mamá nos echa la bronca, pienso en la chica del recreo. En el recreo vi a una chica rubia, que lloraba en la esquina alejada de la puerta principal del patio. Le pregunté que le pasaba. Levantó la cabeza y me contestó que nada, que tan solo se aburría, y no le gustaba el recreo. Señalé unas marcas que tenía en el brazo y me dijo que eran cortes. —Me los hago con un cuchillo, cuando estoy aburrida, y me siento mejor, pero tú no lo hagas nunca.— Asentí con la cabeza a modo de afirmación.


Ahora estoy solo en la habitación. Miguel ha salido a jugar a fútbol.


No quiero hacer los deberes.


Voy a la cocina, me pongo de puntillas para alcanzar un cuchillo que hay colgado en la cinta magnética de la pared. Es del IKEA. Lo apoyo en mi brazo izquierdo y lo miro fijamente unos instantes. No puedo, le prometí a esa chica que no me cortaría.


Mamá ha dejado abierta la ventana de su habitación para que ventile. Me asomo. Tengo que enseñarle a papá a no irse sin despedirse primero. No tendrá que volver a estudiar. No prometí nada a nadie respecto a saltar por una ventana. Sé que mamá no como porque no tenemos dinero. Seguro que papá se lo llevó. Soy un problema, porque cuidarme cuesta dinero. Voy a castigar a papá.


Se oyen unas sirenas alejarse. Veo mi cuerpo tirado en la acera. El mundo desde arriba es bonito. Me alejo flotando rápidamente.


Niño de ocho años cae por una ventana.¿Accidente?
Titular visible en todos los medios.

Hola papá.

sábado, 14 de mayo de 2016

Recuerdos

Aún recuerdo,
lo ligera y calmada que parecías
como una agradable brisa de verano,
pero pasaste por mi vida como un tornado:
arrasando,
destruyéndolo todo,
arrancándome de mis cimientos;
pero te amé,
y se que será imposible
borrar la tinta de tus fotos
que han quedado grabadas para siempre en mi memoria.

Simplemente recuerda,
todo tiene final:
la vida,
una película,
un amor...
y cuando ha sido algo emotivo duele,
porque lo peor de una catástrofe,
como ha sido tu paso por mi vida,
es sobrevivir,
recordar,
sentirse culpable,
revivir el dolor,
y saber que no pudiste evitarlo,
que no pude evitarte,
no perecer.

Luego,
todo parece olvidarse:
los relojes siguen girando
ajenos al dolor,
clavándote sus manecillas
por todo tu cuerpo,
volviéndote masoca,
y extrayendo placer
de los recuerdos que quieres olvidar.

Ya no puedo pasear
por las calles desiertas de mi ciudad de fantasmas,
cada paso,
se me clava en el alma,
recordándome que no soy nada,
y que camino entre fantasmas que nunca han existido.

De vez en cuando creo verte,
a lo lejos,
pero cuando me acerco,
desapareces
como
si
nunca
hubieses
existido
en mi memoria.