El humo de los coches me tapa la visión del cielo de Madrid. Es un día bonito, lo se sin necesidad de verlo, pero tengo demasiada prisa para pararme a disfrutar esta belleza que me rodea. Voy a ver a Paula. Tengo prisa. Mientras, pienso quién es: una chica perfecta, delgada, pero no demasiado, pelo largo y rizado, de un pelirrojo vivo, que te altera al mirarla, como una piedra al ensuciar el agua de un estanque con sus ondas, una sonrisa alegre, provocativa, que puede destruir ciudades, unas manos suaves, como una princesa de cuento, pero sobre todo me fascinan sus ojos verdes, una misteriosa mirada que da miedo, pero a la vez te pide un beso.
La vi por primera vez hace tan solo dos semanas, me sirvió un café en un bar cerca de La Cibeles. Estaba solo, relajandome. A través de la ventana se veía gente pasar, niños jugando, ancianos disfrutando de su merecida jubilación, y muchas chicas guapas. Esto lo recuerdo, porque me di cuenta de que ninguna podría igualar jamás a esa pelirroja. Acabé el café y me fui.
Era como una niña que aún no comprende el poder que posee, miraba el mundo a través de sus Ray-Ban rosas, derritiendolo con su mirada. Cuando paseábamos por la Gran Vía, se colgaba de mi hombro y corría arrastrándome de escaparate en escaparate, a través de la multitud, enamorandome y divirtiéndose.
La segunda vez fué en el Starbuck, esta vez, los dos eramos clientes. Cuando llegó, estaba todo lleno, y cuando pasó a mi lado le hice una señal con la mano, indicándole que se podía sentar. No dijo nada, pero me dedicó una sonrisa de agradecimiento, que me iluminó ese día de lluvia.
Solo hablábamos de tonterías, del tiempo, los amigos, a veces de nosotros, nos queríamos mucho. Me acariciaba el pelo, y me dejaba abrazarla mientras se sentaba en mi regazo para ver la tele. Se acercaba a mí todo lo que podía cuando veíamos una película de miedo o amor.
La tercera vez que nos vimos, en el retiro, nos besamos. Sabía a relax. ¿A qué sabe el relax?
Casi he llegado. Cruzo la calle Serrano corriendo. Algunos coches me pitan, pero los ignoro. Subo los escalones del edificio, cruzo la puerta de la clínica privada. Llego a una habitación blanca. Ella está pálida en una cama con sábanas de lino. Pasan treinta segundos. Empieza a sonar un pitido agudo y constante. Paula. Los médicos entran corriendo y me sacan a empujones de la habitación mientras tapan a Paula.
Tres tiros en el pecho.
Su ex.
¿A qué sabe la muerte?


