jueves, 19 de mayo de 2016

Paula

Salgo a la calle.
El humo de los coches me tapa la visión del cielo de Madrid. Es un día bonito, lo se sin necesidad de verlo, pero tengo demasiada prisa para pararme a disfrutar esta belleza que me rodea. Voy a ver a Paula. Tengo prisa. Mientras, pienso quién es: una chica perfecta, delgada, pero no demasiado, pelo largo y rizado, de un pelirrojo vivo, que te altera al mirarla, como una piedra al ensuciar el agua de un estanque con sus ondas, una sonrisa alegre, provocativa, que puede destruir ciudades, unas manos suaves, como una princesa de cuento, pero sobre todo me fascinan sus ojos verdes, una misteriosa mirada que da miedo, pero a la vez te pide un beso.


La vi por primera vez hace tan solo dos semanas, me sirvió un café en un bar cerca de La Cibeles. Estaba solo, relajandome. A través de la ventana se veía gente pasar, niños jugando, ancianos disfrutando de su merecida jubilación, y muchas chicas guapas. Esto lo recuerdo, porque me di cuenta de que ninguna podría igualar jamás a esa pelirroja. Acabé el café y me fui.


Era como una niña que aún no comprende el poder que posee, miraba el mundo a través de sus Ray-Ban rosas, derritiendolo con su mirada. Cuando paseábamos por la Gran Vía, se colgaba de mi hombro y corría arrastrándome de escaparate en escaparate, a través de la multitud, enamorandome y divirtiéndose.


La segunda vez fué en el Starbuck, esta vez, los dos eramos clientes. Cuando llegó, estaba todo lleno, y cuando pasó a mi lado le hice una señal con la mano, indicándole que se podía sentar. No dijo nada, pero me dedicó una sonrisa de agradecimiento, que me iluminó ese día de lluvia.


Solo hablábamos de tonterías, del tiempo, los amigos, a veces de nosotros, nos queríamos mucho. Me acariciaba el pelo, y me dejaba abrazarla mientras se sentaba en mi regazo para ver la tele. Se acercaba a mí todo lo que podía cuando veíamos una película de miedo o amor.


La tercera vez que nos vimos, en el retiro, nos besamos. Sabía a relax. ¿A qué sabe el relax?


Casi he llegado. Cruzo la calle Serrano corriendo. Algunos coches me pitan, pero los ignoro. Subo los escalones del edificio, cruzo la puerta de la clínica privada. Llego a una habitación blanca. Ella está pálida en una cama con sábanas de lino. Pasan treinta segundos. Empieza a sonar un pitido agudo y constante. Paula. Los médicos entran corriendo y me sacan a empujones de la habitación mientras tapan a Paula.


Tres tiros en el pecho.


Su ex.

¿A qué sabe la muerte?

Mi niño

Llegamos a casa. Mamá se ha quitado los zapatos y se va al baño para lavarse las manos. Siempre dice que si no nos lavamos las manos, podemos ponernos malitos, y nos dolería mucho la barriga. Miguel me golpea en la espalda y sale corriendo hacia la habitación que compartimos mientras grita:—¡El último pone la mesa!—. Me acerco al salón, a ver si papá ha llegado, pero no. Hace tres días, mamá nos dijo que se había curado,y le habían dejado salir del hospital, pero que había salido de viaje para recuperarse durante un tiempo. Mamá nos dijo a Miguel y a mi, que volvería pronto. Yo le odio, no se lo he dicho a mamá, pero le odio por no despedirse antes de salir de viaje. Últimamente mamá anda vestida de negro, porque dice que así tiene menos frío, y le lloran los ojos. Dice que es la alergia. Yo creo que en realidad también está triste porque papá no se despidiera de nosotros. Después de mirar en el salón, corro a la habitación. Ya es tarde, Miguel ha llegado antes, así que me toca poner la mesa. Decido no lavarme las manos. Así me pondré malito y mañana no iré al exámen. Pongo los cubiertos y me voy a jugar con los LEGO mientras mamá prepara la comida.


Mamá no come, dice que no tiene hambre, que ya comerá luego. A nosotros nos sirve unas patatas cocidas, y una salchicha. Ayer vi que estaba caducada y se lo dije, pero me contestó que solo era el consumo preferente, y que se podía comer. Que sólo lo ponen para que la gente tire la comida, y compren más. No hay postre. Mamá dice que es porque tienen demasiados aditivos que no son sanos.


Mamá nos habla de clase, dice algo así como que en tercero de primaria ya somos lo suficientemente “mayorcitos” como para que la profesora tenga que mandar cartas a casa diciendo que no trabajamos lo suficiente. Mientras mamá nos echa la bronca, pienso en la chica del recreo. En el recreo vi a una chica rubia, que lloraba en la esquina alejada de la puerta principal del patio. Le pregunté que le pasaba. Levantó la cabeza y me contestó que nada, que tan solo se aburría, y no le gustaba el recreo. Señalé unas marcas que tenía en el brazo y me dijo que eran cortes. —Me los hago con un cuchillo, cuando estoy aburrida, y me siento mejor, pero tú no lo hagas nunca.— Asentí con la cabeza a modo de afirmación.


Ahora estoy solo en la habitación. Miguel ha salido a jugar a fútbol.


No quiero hacer los deberes.


Voy a la cocina, me pongo de puntillas para alcanzar un cuchillo que hay colgado en la cinta magnética de la pared. Es del IKEA. Lo apoyo en mi brazo izquierdo y lo miro fijamente unos instantes. No puedo, le prometí a esa chica que no me cortaría.


Mamá ha dejado abierta la ventana de su habitación para que ventile. Me asomo. Tengo que enseñarle a papá a no irse sin despedirse primero. No tendrá que volver a estudiar. No prometí nada a nadie respecto a saltar por una ventana. Sé que mamá no como porque no tenemos dinero. Seguro que papá se lo llevó. Soy un problema, porque cuidarme cuesta dinero. Voy a castigar a papá.


Se oyen unas sirenas alejarse. Veo mi cuerpo tirado en la acera. El mundo desde arriba es bonito. Me alejo flotando rápidamente.


Niño de ocho años cae por una ventana.¿Accidente?
Titular visible en todos los medios.

Hola papá.

sábado, 14 de mayo de 2016

Recuerdos

Aún recuerdo,
lo ligera y calmada que parecías
como una agradable brisa de verano,
pero pasaste por mi vida como un tornado:
arrasando,
destruyéndolo todo,
arrancándome de mis cimientos;
pero te amé,
y se que será imposible
borrar la tinta de tus fotos
que han quedado grabadas para siempre en mi memoria.

Simplemente recuerda,
todo tiene final:
la vida,
una película,
un amor...
y cuando ha sido algo emotivo duele,
porque lo peor de una catástrofe,
como ha sido tu paso por mi vida,
es sobrevivir,
recordar,
sentirse culpable,
revivir el dolor,
y saber que no pudiste evitarlo,
que no pude evitarte,
no perecer.

Luego,
todo parece olvidarse:
los relojes siguen girando
ajenos al dolor,
clavándote sus manecillas
por todo tu cuerpo,
volviéndote masoca,
y extrayendo placer
de los recuerdos que quieres olvidar.

Ya no puedo pasear
por las calles desiertas de mi ciudad de fantasmas,
cada paso,
se me clava en el alma,
recordándome que no soy nada,
y que camino entre fantasmas que nunca han existido.

De vez en cuando creo verte,
a lo lejos,
pero cuando me acerco,
desapareces
como
si
nunca
hubieses
existido
en mi memoria.

lunes, 2 de mayo de 2016

Historia de un imán IX

Como todas las mañanas, Ro se acababa de marchar a llevar al niño a clase. Llevaba dos horas despierto, porque había pasado la noche revuelto. Dolores de cabeza, de estómago, vómitos... Ese tipo de cosas que le pasan de vez en cuando a los humanos.
Después, Ro le había torturado obligándole a tomarse la leche ardiendo, y arrancándole la mitad de los pelos con el peine en un intento fallido de desenredarle sus rizos.
Al cabo de un rato, seguía sin volver. Otras veces tardaba menos.
De pronto, la puerta se abrió de golpe. Ro entró de espaldas, tropezando con sus propios pies. Detrás- o delante, depende cómo lo mires- entraba un chico.
Era alto. Moreno. Con el pelo corto y de punta. Lleno de tatuajes. Músculos grandes. Parecía un matón de los barrios bajos.
Al parecer a Ro le gustaba. Le decía cosas bonitas. Tan dulces que un diabético no las podría oír.
Se movían pegados. Besándose. Tropezando con las paredes. Tropezando consigo mismos.
Ro pasó a mi lado y sin querer me enganché en un botón de su pantalón. Se metieron en el baño y siguieron besándose dentro de la ducha.
El hombre empezó a desvestir a Ro. Primero la camiseta. No llevaba sujetador. Empezó a acariciar su cuerpo con visible -y audible- placer. Sus manos descendieron por la cintura. La cadera. Empezó a meter la mano por debajo del pantalón lentamente. Se apartó bruscamente. Se quitó la camiseta rápidamente y volvió a lo que estaba haciendo. Ro empezó a gemir. Acercó sus manos al chico y empezó a acariciarle su musculoso cuerpo. El chico le empezó a desabrochar el pantalón. Se lo empezó a bajar. Cuando su cabeza estuvo a la altura de la cadera, subió sus manos en busca de la braguita rosa de Ro y empezó a bajarla.
Terminó de quitarle el pantalón y lo tiró a un lado. Yo seguía pegado al pantalón. El pantalón me tapaba la visión, así que no podía saber lo que hacían, excepto por los gemidos que emitían los dos, y sus promesas de amor eterno. Sonó el teléfono. Al cabo de una eternidad, sonó el teléfono y pararon.
El chico se vistió rápidamente. Ro salió del baño y fue al salón, donde estaba el teléfono. Contestó. Gritó que no era nada, pero el chico se despidió con un breve beso en la boca y se largó. Ro se terminó de vestir y se fue a su rincón de lectura. Al sentarse se dio cuenta de que estaba en su pantalón, y me devolvió a la habitación del niño. El resto del día transcurrió con normalidad.
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Jaja, os prometí salseoooo
Bueno, no se hacerlo mejor.(Vale, sí se, pero no quiero)
Mañana intentaré que sea mas normal :|
Gracias por leer ;)

domingo, 1 de mayo de 2016

Historia de un imán VIII

Al llegar septiembre, la madre de mi niño, empezó a ausentarse de vez en cuando. Al cabo de tres días, me di cuenta de que seguía un patrón. Faltaba tres horas por la mañana, y dos por la tarde. Eso durante cinco días. Después descansaba dos días.

De vez en cuando venía Ro. Solo de vez en cuando. Y se comportaba cariñosamente. No gritaba. No pegaba a mi niño. No golpeaba las paredes. Solo venía. Hacía la comida. Jugaba un rato con nosotros. Era una buena persona.
A mediados de Septiembre, cambió. Mi niño también se iba de casa por la mañana. Alrededor de siete horas. A veces más tiempo. Me contaba que es porque se quedaba a comer en la escuela, porque su madre no podía ir a buscarle a la hora de salir. Si, hablaba con todos sus juguetes.
Entonces fue cuando Ro empezó a venir con más frecuencia. Cuando Ro venía, mi niño no se quedaba a comer en la escuela. A veces, Ro venía a casa cuando mamá también estaba, y mamá le daba unos papelitos de colores. Dependiendo de cuántos días hubiera venido, había más o menos papeles.
Rosa, cada vez se portaba peor. Venía a media mañana, y se sentaba a leer, mientras yo, en la esquina de la mesa del salón, donde me había dejado mi niño justo antes de marchar, le observaba pasar las hojas lentamente. A cierta hora de la mañana, sonaba una alarma de su teléfono móvil, y se iba refunfuñando. Al poco, regresaba con mi niño y una bolsa de la compra llena de comida de lata. Cuando tenía tiempo, cocinaba de maravilla. Pero un humano -un imán tampoco- no puede cocinar y leer al mismo tiempo.
Mientras comían, Ro le preguntaba al niño cosas de la escuela. A veces le gritaba. También le gritaba cuando no quería comer. Eso pasaba a menudo. Se gritaban cosas feas. Muy feas. Insultos. Amenazas. No me gustaba oírles, pero no podía evitarlo. Al final, el niño siempre acababa llorando. A veces con un azote.
También solía pasar, que después de comer el niño se sentase en su mesta a dibujar.
Dibujaba unas figuras simples. Generalmente en hojas cuadriculadas, y las repetía una y otra vez. A veces, juntaba dos dibujos y decía: -ma, me, mi, mo, mu...-
También me intentaba explicar el significado de sus extraños dibujos. Decía que eran letras. Que eran sonidos que servían para hablar, y para leer, como lo hacía Rosa.
Al final desistió. Yo no era un buen alumno. No contestaba las preguntas que me hacía. Tampoco es que él tuviera mucha paciencia.
Ro no cambió. Es más, su comportamiento empeoró. Llegó a ocupar la casa como si fuera suya.

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¡Vamosss! En el próximo capítulo va a haber salseoo.
¿Os está gustando?:P
Eso espero.... :X
¡Ah!, y lo siento, por que el capítulo ha sido mas corto... :(