Se acerca, le besa los labios.
Ella le acaricia la espalda,
su mano desciende,
la de él tambien,
se palpan lentamente,
se tocan donde una mano jamas debería tocar.
Le acaricia el pelo,
lentamente se quitan la ropa,
el uno al otro,
el otro al uno.
Ella piensa en amarle,
pero no puede, su deber no es ese,
es asesinarle.
Le susurra mil palabras al oido,
locuras de amor,
mientras se masturban apasionadamente,
parece que se aman,
él se corre,
ella le lame el pecho mientras palpa su nuca.
Cae de espaldas y su mano húmeda resbala,
le mira por última vez, acerca la mano a la ropa,
saca un cuchillo, se incorpora levemente,
y se lo clava lentamente en el pecho.
Él la había matato antes,
él la había acuchillado,
le había arrancado su vida,
le había quitado todo,
todo,
todo aquello que le quedaba.
Ella hunde el cuchillo en sus carnes,
tira de el hacia abajo,
le desgarra con odio,
algo que no le cuesta trabajo.
Como un zombi que vuelve a la vida,
para vengarse de quien le mató,
descuartiza un cuerpo inerte,
le aplasta los testiculos al cadaver,
quiere venganza.
Sanguinaria como sola,
sola la muerte en soledad,
sobre el cadaver llora,
pero nunca de piedad,
solo de sus propias penas,
que luego habrá de vengar.
Todavía está desnuda,
buen momento para morir,
su mirada hacia la luna,
desgarrada de dolor,
hunde el cuchillo entre los pechos libres,
ahora, que no los contiene el sujetador.
El cuchillo está caliente,
con la sangre de venganza,
se hunde muerde paciente,
la carne de la apenada,
arrepentida muchacha.
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