Bueno, nací en una fábrica de imanes al sur de china. Tenía 49 hermanos,
pero nos separaron ya antes de adornarnos, y a mi me juntaron con otros
nueve imanes de tamaños similares, pero adornados con un cartoncito
diferente. Me acuerdo de dos, con los que entable una gran amistad, uno
era un león como yo, y el otro era un libro de color azul, con letras
ininteligibles de color dorado en la portada.
Pasé tres meses
encerrado en una caja transparente, a través de cuyas paredes veía otros
imanes encerrados en sus respectivas cajas, pero no podía hablar con
ellos. Tras ese tiempo, la caja se empezó a mover. Nos juntaron con
otras cajas en un camión de colores y nos llevaron a una tienda oscura y
llena de polvo, donde un montón de gente pasaba por delante sin fijarse
en nosotros. Eso hería mi orgullo, porque me considero un imán con un
adorno interesante, a demás tengo un agarre sobre el metal que los
humanos no tenéis, por lo que en algo soy superior a ti. Pasaron los
meses, y cuando me disponía a dormirme una noche, después de que la
tienda cerrara, el libro me agitó. -Oye, ¿Y si mañana nos movemos a ver
si alguien nos ve y nos saca de esta tienda?- -No se, ¿Cómo lo
haríamos?- En lo alto de la estantería me señaló una pequeña barra
metálica, en la que no me había fijado antes. -Llevo todo este tiempo
pensando en cómo escapar de aquí. Si nos unimos todos y nos intentamos
acercar a esa barra nos moveremos lo suficiente para que nos vean.-
-Pero tenemos que convencer a los otros, y están bastante dormidos, mejor mañana, vale?-
Así fue como empezó una larga temporada, al final de la cual llegó la esperada compradora.
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