miércoles, 27 de abril de 2016

Historia de un imán IV

Tras esas largas semanas de entrenamiento, llegó el esperado día.
Acabábamos de oír entrar a un cliente, así que nos pusimos manos a la obra. Empezamos a movernos con todas nuestras fuerzas hacia el extremo de la barra metálica de la que colgaba nuestra caja. Esa vez fue mas fácil que otros días. Lo logramos en cuestión de segundos, menos de diez, y nos estrellamos contra el suelo, haciendo un gran ruido al golpear la reja metálica que hacía de drenadora para que el suelo no resbalara.
En ese momento, la nueva clienta pasaba por delante de la estantería y miró extrañada hacia nosotros. Probablemente preguntándose cómo habíamos llegado al suelo. Pero pasados unos segundos nos recogió del suelo y nos acercó al la barra donde teníamos que estar.
¡No!
Volvíamos a la estantería, otro cliente al que no le interesabamos.
¡Espera!
¡Estaba comprobando el precio!
¡Bien!
¡Nos lleva hasta su bolsa!
¡Si!
No quepo en mi de alegría.
Después de tanto tiempo esperando y entrenando, ha funcionado.
Ahora se acerca a la caja y paga. Me gusta mi nueva dueña. Es honrada, podía habernos escondido en el bolso y haber salido sin pagar porque no llevamos alarma, pero ha pagado. Eso está bien.
Es alta. Aproximadamente medirá un metro ochenta.
Es rubia. No se si de bote o no, pero es un color bastante natural.
Tiene unas mechas azules, que le hacen parecer mas independiente, mas rebelde.
La piel clara. Poco maquillada. Las uñas pintadas de diferentes colores.
Parece bastante joven. Me gusta mucho.
Se acerca a la puerta en tres largas zancadas.
Me gusta como camina. Es muy elegante.
Abre la puerta de la calle y nos descubre un mundo enorme.
Me gusta esta ciudad. Es la primera vez que la veo de día. La única vez que la vi, fue cuando nos sacaron del camión el primer día. Pero era de madrugada, y no se veía nada. Sospecho que me va a gustar mi nueva vida.

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